
Adjunto, sin añadir ni quitar ni una coma, la carta que he recibido de mi amigo Alfredo Gazpio:
“Hola Mikel, te preguntarás el porqué de mi desaparición, cómo pude actuar de la manera que actué el otro día en el examen... en esta misiva te lo contaré, y comprenderás porqué ya nunca nos volveremos a ver...
El otro día, en el examen de Reanimación Cardio Pulmonar, dejé aflorar cierto sentimiento que, desde hacía algún tiempo, no dejaba de inquietarme en el fondo de mi cavidad cerebral.
No puedo explicar el motivo de semejante emoción, quizás la lejanía de mi manceba, que se gana el pan en la capital del país, quizá por el tiempo que hace que no pruebo otra carne de hembra alguna, ni me encamo con fulanas, o quizá porque mi locura latente durante años y manifestada en pequeñas rarezas y trastornos únicos encontró por fin una vía de escape (no te quejes, que hay otros que toman vías peores, como un surcoreano afincado en Virginia que yo me sé).
El caso es que aquel día, en el examen, al acercarme al muñeco destinado al menester de ser cobaya en parada cardiorrespiratoria para los alumnos.... algo se despertó en mí.
Me fijé en su figura lisa y brillante tendida en el piso, inhalé su suave olor a caucho ajado, detuve mis ojos en su mirada hueca y dócil, observé su media sonrisa de serenidad y confianza y sus labios, blandos para facilitar el acoplamiento con su salvador. Lo miré ahí postrado, tendido a mi merced, frágil y desvalido, sin brazos ni piernas, tan sólo su rostro inerte y su tronco... ‘Made in USA’ era su único nombre, su distintivo, su pasado...
Cuando la examinadora me lo indicó, me agaché junto a su cabeza, y comprobé su respiración... no tenía. Acto seguido le acaricié el cuello y supe así que carecía también de pulso. Con el mío acelerado me incliné y comencé las compresiones: 1, 2, 3, 4, 5, 6... así hasta 30 entre su pectorales color carne y bien proporcionados. Luego, cambié mi posición con intención de exhalar el aire que le devolviese a la vida. Taponé con suavidad su delicada nariz y le agarré la barbilla con la yema de los dedos... entonces pasó.
Estaba a escasos centímetros de su boca y me invadió una curiosa atracción por él. Pegué mis labios a los suyos y no fue aire lo que introduje en su boca, sino una lengua carnosa, húmeda, cálida, llena de amor. ¡Quién me lo iba a decir, un vulgar monigote, un maniquí de plástico me había enamorado!
Vislumbré que no deseaba estar con nadie más que con ese ser huérfano de las lacras del ser humano, carente de ojos inquisitoriales, desprovisto de verborrea futil y reprochadora, y privado de piernas y brazos, extremidades éstas inútiles para el cultivo del alma...
Entendí que sin mirar, me comprendía, sin hablar, me aconsejaba, y sin miembros me hacía el amor... quería pasar el resto de mi vida con esa criatura perfecta que Dios creó en alguna producción en cadena de Kansas, o quizás Conetticut.
Es por eso que, con sumo cuidado pero con firmeza, lo cogí en brazos y salí corriendo de aquella sala que lo había tenido preso y expuesto a tantas manos y bocas distintas durante años. Nadie más que yo podría posar sus labios en los suyos, nadie más podría siquiera tocarle jamás.
Deseo, desde este lugar dejado de la mano del hombre en que nos encontramos ‘Meidin’, como le he bautizado, y yo, que tú también halles la dicha con algún maniquí de Zara o un pivote de carretera.
Saluda a mi familia, di a Marta que no me llore, y cuenta a mi sobrino cómo fue su tío.
Un abrazo de tu amigo,
Alfredo G.
Camboya, a 18 de abril de 2007”