Fcom 2002-2006

Mikel, Helen, Angela, Edu, Leire, Fontx, Ainzúa, Mario, Txema, Fran, Pol, Luli, Marta, Humprey, Maite, Rober, Elena, Pablo, Adriana,Gonzalo, Mariana, Unai, Alvaro, Edu Garralda, Itu, Iñigo, Pati y espero que no falte nadie...

miércoles, noviembre 12, 2008

Cayucos en la tele (I)



Ayer martes, después de ver una película de trepidantes desastres naturales (esas que tanto gustan a los americanos), Vulcano, me disponía a irme a la cama ya que al día siguiente era día de labor. Sin embargo, en el último zapping antes de apagar la televisión, me quedé enganchado a un documental que ofrecía TVE en exclusiva y que me impactó desde el principio: Un periodista francés se embarcó, cámara en mano, en una travesía en cayuco con 38 africanos para llegar a las Islas Canarias desde las costas del Continente Negro.

El documental fue especialmente emocionante porque tuvo el acierto de poner cara y nombres propios a esas “sombras” que de cuando en cuando abren los telediarios. Figuras oscuras, tiritantes, asustadas, que bajo una manta de la Cruz Roja, con grandes ojos blancos, miran abatidas al infinito cuando llegan a las playas españolas o son rescatados en alta mar por la Guardia Civil. Figuras a veces también tendidas en playas andaluzas cuya mirada vemos entonces hueca y su cuerpo inflado por el agua de mar. La odisea desvela la incomodidad del viaje, el miedo, la incertidumbre, el peligro real.
Al tercer día de viaje el motor se paraba porque la gasolina que les habían vendido las mafias estaba adulterada con agua. El desenlace parecía claro. Estaba destinado a ser el mismo que tantísimas otras veces: cayuco a la deriva que zozobra y todos sus ocupantes se hunden con él, o que permanece a merced del oleaje hasta que la última de las personas de a bordo muere de inanición o de sed…
Pero en esta ocasión cambiaba gracias al periodista, quien, previsor, llevaba consigo un teléfono móvil (el único de la embarcación) para avisar a los servicios de emergencia en caso de que la hubiera. Un carguero ruso rescataba en peligrosa maniobra a los negritos y al francés y a los primeros los devolvían a Marruecos para que lo intentasen otra vez, se volviesen a deprimir por la miseria o la desesperanza o se murieran del asco. Fin de la historia.
En los días en que se fechaba el reportaje, y concretamente en las últimas y tristes declaraciones que hace uno de los ocupantes desde Rabat (08/08/08) tras la fracasada expedición, yo me encontraba en Marruecos con algunos amigos… ¡De vacaciones! (de hecho, la foto de la puesta de sol la hice yo desde las playas de Rabat, y apunta al “paraíso”).

No quería, no obstante, describir tanto lo que vi en la pantalla del televisor (supongo que pronto estará en Internet) sino lo que aquellas imágenes despertaron en mí.
Mis ojos acabaron empañados y me escoció una sensación de culpabilidad (por ser occidental) y de rabia (hacia los corruptos dirigentes africanos). Tristemente, supongo que el sentimiento que encendió al rojo vivo mi conciencia, se apagará pronto. Es así. La hipocresía de Europa y su indolencia hacia África es un hecho. No somos malas personas a propósito, pero vivimos bien nutridos gracias al malestar de otros (que son muchos más). (...)

Cayucos en la tele (y II)

Tras el reportaje, la periodista realizaba una sentida entrevista tanto al reportero francés (daba gusto oírle hablar castellano) como a una de las pasajeras del cayuco, que además realizó el viaje con su bebé de pocos meses, el cual, asomando la cabeza a través de los plásticos que lo protegían sin mucho éxito del oleaje parecía un conguito. Por cierto, la pobre criatura (todas las pulgas al perro más flaco) sufrió quemaduras en el 20 por ciento de su cuerpecillo una semana después de llegar a tierra firme.

Al verlo, un escalofrío me recorre la espalda, me siento incómodo, pese a estar recién cenado y postrado en mi sofá, pero lo único que hago es emitir un suspiro de horror e indignidad. La entrevista continúa. La presentadora, provocada en su empatía por las duras imágenes de la historia, también se deshace en expresiones como “tomar conciencia”, “soluciones”, “Europa”, “Esperanza”… cuando acaba y apago la tele, mi padre y yo permanecemos unos instantes en silencio. Alabo el reportaje que la televisión pública acaba de emitir. No siempre cumple su misión de mover las conciencias y formar al espectador con tanta calidad como lo ha hecho esta noche. Se lo agradezco. Si desde los medios de comunicación (siempre más preocupados por el fútbol que por los genocidios) tuviesen éxito iniciativas como esta o piezas así, incluso lo políticos podrían tomar conciencia y actuar en consecuencia. (Decía mi padre a propósito de esto: “Jodé, si yo soy Zapatero y estoy viendo esto, llamo ahora mismo a la embajada en Marruecos y me traigo a la madre y a su hijo”)
¿No han derribado gobiernos y calentado partidos los medios de comunicación masivos? ¿Por qué no van a contribuir a paliar injusticias en el mundo? TVE puso ayer su granito de arena en esta tarea. Me sentí agradecido y orgulloso de una televisión así. Y, sobre todo, sentí esperanza, y unos deseos enormes de comentar al día siguiente el impactante documento con mis amigos como tantas veces hice acerca de los Simpson o Cuéntame: “¿Visteis anoche….? … ¡Qué sobrao!”. Estaba sumido en esas sensaciones, que desembocaban en una, la esperanza, cuando me di cuenta de una cosa: eran las dos menos veinte de la mañana de un martes y al día siguiente era día de labor…

Mierda, me he vuelto de nuevo un cínico, los buenos sentimientos que me había transmitido la presentadora se desvanecen… ¿Cuánta gente habrá visto el programa? Ni mis amigos, ni ZP… seguro y lógico. ¿Es eso compromiso o medias tintas? ¿Tanto habría costado cambiar la programación y emitir el documental en hora de máxima audiencia, aunque fuera por una vez? Ni me molesto en pensar la respuesta. La comprendo, pero es muy triste: está visto que no interesa.
Perdón África, pero somos Europa al fin y al cabo.