Fcom 2002-2006

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jueves, octubre 19, 2006

otoño (relato)


Pamplona es una ciudad muy bien tratada por los otoños. Este año va entrando la estación paulatinamente, muy poco a poco. Aunque para la fiesta del Pilar comenzaron los vientos fríos y las lluvias, hoy no han aparecido por la ciudad. Hoy llega la luz del sol tamizada, como pasada por el colador de una atmósfera densa y amable. Los rayos del sol aterrizan sobre las personas y los edificios lentas y suaves, como la miel al deslizarse por la cuchara, y lo inundan todo tenuemente provocando cálidas tonalidades y ligeros contrastes en los tejados del Casco Antiguo. Sí, el otoño ha llegado a Pamplona como siempre: progresivo, alternando vientos, lluvias y fríos invernales con preciosos días casi primaverales en los que apetece pasear por las murallas y leer un libro –o un periódico como es el caso- en algún rincón de sus numerosos y verdes parques. Hoy, como ya he dicho es un día de esos. La imagen de la ciudad desde el Caballo Blanco me relaja. En este momento todo es placentero, la calma conquista el espíritu y se despiertan en mí deseos de vivir la vida armónicamente.

A muchos kilómetros de aquí, en un país asiático repleto de orientales con ojos rasgados, se encuentra una persona a quien todos conocemos, nuestro protagonista. En el país en que se haya, las gentes cultivan el arroz bajo amplios sombreros de paja y lo hacen con la ayuda de enormes bueyes de cornamentas amplias. Orgulloso y patriótico de ser de donde es, la persona a quien todos conocemos, nuestro protagonista, disfruta de la vida estos meses más que nunca con un único pensamiento: quiere hacer algo grande, quiere hacer tomar conciencia con sus acciones al mundo entero. Creo que eso lo ha dicho ya.
El país en el que se encuentra fue invadido por un poderoso imperio hace décadas. Marines de los Estados Unidos lucharon en aquellas tierras en contra del comunismo y, desde luego, todavía quedan secuelas de aquella guerra cruel. Entre otras, la división del país en Norte y Sur. Las consecuencias de aquella confrontación representan las razones que avivan el deseo de la persona a quien todos conocemos, nuestro protagonista, de hacer algo. Y para empezar, cree que un buen sitio es la Pamplona otoñal de la que os he hablado. Quizá empezando por esa pequeña ciudad situada en un país, España, que no es el suyo y nunca lo será, el resto del mundo acabe tomando conciencia y atienda lo que la persona a quien todos conocemos, nuestro protagonista, quiere decir. Ha decidido que hoy es el día indóneo.

Volvamos a Pamplona. Permanezco sentado en el caballo Blanco con mi periódico en la mano. Hoy he comprado “El Mundo” porque venía un coleccionable sobre la Guerra Civil Española. ¡Qué asco de guerras!. Desde la nuestra siempre han muerto los mismos. Los civiles inocentes han pasado a ser objetivo militar y se les ha bombardeado sin piedad. Sucedió en Guernica, sucedió en Vietnam, en Corea, en Irak... sucedió antes en Hiroshima con la bomba atómica... la bomba... ¡Dios mío! Hasta dónde llega la infamia humana y la estupidez... ¿habrán aprendido la lección?, lo dudo.

La persona a quien todos conocemos, nuestro protagonista, de nuevo en Asia, mira al cielo nublado y amenazante y suspira. “Es la hora- piensa- me van a oir en ese pueblucho que llaman Pamplona”. Está en una calle de una ciudad caótica y superpoblada del Norte comunista. Entra a un edificio repleto de banderas nacionales y, con gran ceremonia, baja a un sótano, abre una cabina y descuelga un teléfono rojo. Marca el número y espera respuesta. Respira con fruición, está ansioso por hablar con alguien, pero debe tener paciencia. Masculla algo en su idioma natal, para mí ininteligible. “Es sólo cuestión de tiempo”.

“Tatatiro tiro rí, tararí to tirorí….” Me suena el móvil. Veo en la pantalla que es un número privado.... será extranjero. Ya imagino quién. Descuelgo y pregunto: “¿sí?”. Oigo un sonido como de freir huevos y una voz entrecortada. No llego a entender nada pero reconozco a quien me habla. El sonido llega con retraso. Intento preguntar a mi amigo cómo le va por esas tierras lejanas, pero no consigo mantener la conversación. Se corta la comunicación. “En fin, - pienso- ya me llamará en otro momento”.

Tras disfrutar de nuevo de las vistas que ofrece Pamplona, continuo leyendo el periódico, en la sección internacional. me detengo en una noticia que me sobrecoge. Es una amenzaza que profiere un dictador oriental: “No tememos la guerra y responderemos sin piedad a quienes se nos opongan”. El autor de esta perla es el dirigente norcoreano Kim Jong Il, responsable de ciertas pruebas nucleares en días anteriores. En la foto aparece con el pelo desaliñado, y su rostro se esconde tras unas gafas antidiluvianas que ensombrecen aún más ese rostro de criminal insensible.

Mientras reflexiono de nuevo en la barbarie humana, un sonido brutal y estridente me sobresalta. Es como un sablazo que surca los aires de Pamplona: ¡¡¡¡fiiiiuuuuuu!!!!. Se me erizan los cabellos y la sangre se me hiela al observar como un artefacto humeante se dirige veloz hacia el monte San Cristóbal. Está a punto de impactar… lo único que puedo gritar horrorizado es un grave “¡Me cagüen la ostia!”.
(....)

Un segundo antes de desaparecer junto a toda la Cuenca de Pamplona y alguna merindad cercana, me ha dado tiempo a mirar la foto del periódico. Caigo en la cuenta de que Kim Jong Il, la persona a quien todos conocemos, nuestro protagonista, ha debido de dar la orden de borrarnos del mapa mientras yo intentaba hablar por teléfono con Janfri, que me había llamado desde Argentina. Joder, no me he podido ni despedir en condiciones. Ahora la puta persona a quien todos conocemos, nuestro jodido protagonista amarillo de los cojones se estará relamiendo el ciruelo el muy cabrón. Desde luego se ha hecho oir.

Recuerdo que entre el resplandor apocalíptico de la bomba atómica que ha segado para siempre los otoños de Pamplona y mi evaporización, ha pasado una fracción de segundo. En ese tiempo me he acordado de otro amigo que está al resguardo del holocausto. Se encuentra en Vietnam, mucho más cerca de Corea que nadie que yo conozca y, por lo tanto, mucho más seguro. ¡Que cabrón con suerte, -me digo- y le llamábamos Inkauto!

5 Comments:

Blogger Mikel said...

ostia que largura, no he calculado bien jeje, en fin que me he atrapado, ya me perdonaréis, agur

12:53 a. m.  
Blogger Rober said...

gracias por estos relatos matutinos.

9:27 a. m.  
Blogger Ortiz said...

Barbaro, desde Phnom Pehn solo decirte que eres un cabron muy rayau

10:49 a. m.  
Blogger Mikel said...

ey, Iñaki, jejeje, estás vivo o qué? que grande es internet!

12:05 p. m.  
Blogger Luli said...

te has pasado un peliiiiin de largo, pero, como siempre, grande mikel

5:51 p. m.  

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