Fcom 2002-2006

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miércoles, mayo 21, 2008

Declan, 'El Mierda' (II)

El apodo de ‘El Mierda’ se lo pusimos a Declan a raíz de un episodio muy divertido, de los más divertidos que nos han ocurrido. Con mi compañero y amigo Javier me lo paso muy bien porque nos reímos mucho y a veces hablamos de cine, si no hay muchos clientes. Aquel día, como digo, el episodio que protagonizó el todavía Declan ‘A secas’ ante nuestros ojos fue desternillante.

Fruto de la mala gestión al frente del negocio de Declan ‘El Mierda’ y de su esposa Anne ‘La Puta’, un día nos quedamos para cerrar el negocio sólo Javier y yo. Cerrar el negocio no es sólo echar la llave al marcharse. Implica muchas tareas como fregar los platos, barrer y limpiar los suelos, tapar los boles de comida, lavar la máquina de café y el horno, reponer las patatas fritas y las bebidas, y muchas cosas más. Para algunas de ellas hay que tener experiencia y no ser un novato. Pero como ya digo, ‘El Mierda’ y su mujer no llevan demasiado bien el negocio, pues así como un día estuvimos sólo los dos novatos, otro día estuvimos cinco personas. Otra de las tareas que implica cerrar el negocio es limpiar los baños. En esa ocasión se encargó mi amigo y compañero Javier.

Aquel día no estábamos solo Javier y yo. También estaba Declan trasteando con su ordenador y contando el dinero que habían ganado ese día.
Me encontraba yo fregando boles de comida y cucharas mientras pensaba en los pocos minutos que nos quedaban para pirarnos, cuando llegó a la cocina Javier. Se reía con cara de asco, soplaba y se llevaba las manos a la cabeza. En la mano llevaba un desatascador de esos que algunos dibujos animados antiguos se atan a los pies para subir paredes. Javier venía, como he dicho, de limpiar los baños. Cuando le pregunté qué había de divertido en los excusados me contó que en la taza del wáter masculino flotaba una mierda gigante. La hez no sólo navegaba desafiante en la superficie sin intención de hundirse, sino que algo había atascado el wáter y cuando había intentado tirar de la cadena, el nivel del agua había subido hasta el tope, sin llegar, por suerte, a desbordarse. Eso sí, por los pelos. Yo había estado bastante rato fregando platos, una tarea tediosa donde las haya, pero me sentí afortunado. Esa mierda no era asunto mío (en todos los sentidos) y por eso empecé a burlarme con cierta malicia.

“¡Te ha tocado el gordo! Nunca mejor dicho”, reí. “A ver cómo te las apañas colega, lo siento, pero conmigo no cuentes”. Y seguí riéndome. Él también se reía. Las risas fueron mayores cuando, todavía con el desatascador en la mano comenzó a describir cómo había intentado hundir el excremento sin éxito alguno y cómo era la mierda físicamente. Explicó que el tamaño era grande, pero no descomunal. Su apariencia, como la comida que servimos en el O’Briens, era artificial, untuosa e irregular. Respecto al color afirmó que se trataba de una cagada descolorida, de un ocre suave y no el típico marrón oscuro cacoso. Además, los extremos del chorizo, afilados y bien rematados, como el helado de máquina, habían comenzado a cuartearse y desmenuzarse por el efecto del agua, tiñiendo el líquido continente de un color sucio muy desagradable. Como se puede imaginar, cada palabra que pronunciaba describiendo el jodido ñordo irlandés aumentaba mi carcajeo.

(...)