Valdegrullas, el desenlace (y II)

El viento soplaba transportando hasta nuestros oídos sonidos espeluznantes, agudos gemidos que nos empapaban la frente de sudor frío. Mientras caminábamos despacio, las pocas contraventanas que aún aguantaban mal claveteadas en las casas golpeaban con fuerza la pared una y otra vez como si estuviesen vivas y furiosas. La mortecina luz de mi foco dibujaba sombras alargadas y figuras tenebrosas cuando recorría los escondrijos más oscuros del pueblo. Una fina lluvia nos empapaba la cabeza poco a poco, pero era la atmósfera de aquel endemoniado lugar la que nos helaba la sangre.
De repente, el dibujo de una cara sonriente alumbrada por sorpresa nos sobresaltó. Estaba pintada con gesto burlón y macabro en una pared… la pared del cementerio. No sin cierto temor nos asomamos para ver las cruces ajadas y cubiertas de musgo por el abandono. Muchas estaban inclinadas por la blandura del terreno o, quién sabe, porque habían sido apartadas desde su base recientemente para permitir la salida de los que descansaban debajo convertidos en míseras osamentas. No hay que olvidar que hace unas semanas fue el día de los Difuntos y existen muchos cuentos sorianos sobre espectros y templarios que en esa noche se levantan de sus lechos orando con un estrépito horrible. ¿Os acordáis de las rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer?. Pegada a la necrópolis, comprobamos con aprensión que la vieja iglesia estaba abierta de par en par y profanada con seises, estrellas satánicas y velas rojas fundidas en el altar.
Después de la visita al camposanto, encaminamos nuestros pasos hacia una casa que se alzaba justo al lado. ¿Qué clase de gente habría vivido junto al cementerio?, ¿Cómo serían los moradores que habitaron ese hogar en el pasado?. Creo que era la única que tenía las paredes blancas, oscurecidas por la humedad y el paso del tiempo. Era la primera casa que inspeccionábamos y la inseguridad sobre qué nos encontraríamos en su interior nos mantenía con los ojos bien abiertos y los músculos en tensión.
Fui el primero en atravesar el umbral y entrar. Me siguieron cautelosamente Edu y Gabri. Cascotes, desperdicios, telas e incluso una vieja alpargata permanecían esparcidos por el suelo, testigos mudos de los estragos del tiempo. Noté en el ambiente un olor ciertamente familiar, pero no le di importancia.
Sin moverme del centro de aquella sala, con la luz artificial hice un recorrido visual de la planta baja. Recordaba a la escena final que vi en aquella película, ‘El proyecto de la bruja de Blair’. Frente a nosotros se encontraba la entrada de unas escaleras angostas y cochambrosas, que debían de conducir al sótano. Sus pasamanos estaban apolillados y polvorientos. Los escalones de madera eran irregulares y más de uno había cedido para pudrirse convertido en astillas. A la derecha de las escaleras de la bodega, estaban las que se dirigían al piso superior, en idénticas condiciones. El frío y el silencio sepulcral de aquella casa nos hacían tiritar y respirar expulsando vaho. Desde luego, en el pasado había habido vida, pero ahora estaba completamente desierto. No obstante, yo guardaba una irracional sensación de ser observado. Una brisa gélida nos erizaba a los tres los cabellos de la nuca.
Cuando nos hicimos al lugar, ya más tranquilos, decidimos adentrarnos más en aquella casa desolada para investigarla habitación por habitación. Nos dirigíamos a las escaleras, conmigo en vanguardia, cuando un grito entrecortado de Edu nos paró en seco. Gabri y yo nos volvimos asustados para ver de qué se trataba. Paralizado por el terror, alumbré a mi amigo que permanecía inmóvil, con sus ojos azules abiertos como platos y la expresión del rostro desencajada. Tenía la mirada fija en un punto y señalaba con el dedo en dirección a la pared derecha. “¡Mirad!”, dijo con voz palpitante.
Temblando, lentamente deslicé el foco de la pequeña linterna desde mi compañero hasta la pared y al contemplar lo que señalaba Edu, un escalofrío me recorrió el cuerpo de parte a parte como un rayo. Estremecido, comprendí aquel olor familiar.
Allí, en medio de la nada, en un pueblo deshabitado desde hacía décadas, en una casa fría y lúgubre, en una noche negra de frío y lluvia, junto al lugar donde descansan las almas en pena, había una chimenea en la que pude observar, horrorizado, unas brasas encendidas.
De repente, el dibujo de una cara sonriente alumbrada por sorpresa nos sobresaltó. Estaba pintada con gesto burlón y macabro en una pared… la pared del cementerio. No sin cierto temor nos asomamos para ver las cruces ajadas y cubiertas de musgo por el abandono. Muchas estaban inclinadas por la blandura del terreno o, quién sabe, porque habían sido apartadas desde su base recientemente para permitir la salida de los que descansaban debajo convertidos en míseras osamentas. No hay que olvidar que hace unas semanas fue el día de los Difuntos y existen muchos cuentos sorianos sobre espectros y templarios que en esa noche se levantan de sus lechos orando con un estrépito horrible. ¿Os acordáis de las rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer?. Pegada a la necrópolis, comprobamos con aprensión que la vieja iglesia estaba abierta de par en par y profanada con seises, estrellas satánicas y velas rojas fundidas en el altar.
Después de la visita al camposanto, encaminamos nuestros pasos hacia una casa que se alzaba justo al lado. ¿Qué clase de gente habría vivido junto al cementerio?, ¿Cómo serían los moradores que habitaron ese hogar en el pasado?. Creo que era la única que tenía las paredes blancas, oscurecidas por la humedad y el paso del tiempo. Era la primera casa que inspeccionábamos y la inseguridad sobre qué nos encontraríamos en su interior nos mantenía con los ojos bien abiertos y los músculos en tensión.
Fui el primero en atravesar el umbral y entrar. Me siguieron cautelosamente Edu y Gabri. Cascotes, desperdicios, telas e incluso una vieja alpargata permanecían esparcidos por el suelo, testigos mudos de los estragos del tiempo. Noté en el ambiente un olor ciertamente familiar, pero no le di importancia.
Sin moverme del centro de aquella sala, con la luz artificial hice un recorrido visual de la planta baja. Recordaba a la escena final que vi en aquella película, ‘El proyecto de la bruja de Blair’. Frente a nosotros se encontraba la entrada de unas escaleras angostas y cochambrosas, que debían de conducir al sótano. Sus pasamanos estaban apolillados y polvorientos. Los escalones de madera eran irregulares y más de uno había cedido para pudrirse convertido en astillas. A la derecha de las escaleras de la bodega, estaban las que se dirigían al piso superior, en idénticas condiciones. El frío y el silencio sepulcral de aquella casa nos hacían tiritar y respirar expulsando vaho. Desde luego, en el pasado había habido vida, pero ahora estaba completamente desierto. No obstante, yo guardaba una irracional sensación de ser observado. Una brisa gélida nos erizaba a los tres los cabellos de la nuca.
Cuando nos hicimos al lugar, ya más tranquilos, decidimos adentrarnos más en aquella casa desolada para investigarla habitación por habitación. Nos dirigíamos a las escaleras, conmigo en vanguardia, cuando un grito entrecortado de Edu nos paró en seco. Gabri y yo nos volvimos asustados para ver de qué se trataba. Paralizado por el terror, alumbré a mi amigo que permanecía inmóvil, con sus ojos azules abiertos como platos y la expresión del rostro desencajada. Tenía la mirada fija en un punto y señalaba con el dedo en dirección a la pared derecha. “¡Mirad!”, dijo con voz palpitante.
Temblando, lentamente deslicé el foco de la pequeña linterna desde mi compañero hasta la pared y al contemplar lo que señalaba Edu, un escalofrío me recorrió el cuerpo de parte a parte como un rayo. Estremecido, comprendí aquel olor familiar.
Allí, en medio de la nada, en un pueblo deshabitado desde hacía décadas, en una casa fría y lúgubre, en una noche negra de frío y lluvia, junto al lugar donde descansan las almas en pena, había una chimenea en la que pude observar, horrorizado, unas brasas encendidas.

4 Comments:
Nota del autor: unas brasas encendidas en una chimenea evidentemente denotan la presencia actual o reciente de alguien. Como podéis imaginar en un sitio como aquel, un lugar fantasma, y a aquellas horas, esa imagen supuso para nosotros un resorte que hizo que, llevados por el pánico saliésemos despavoridos de aquella casa y de aquel pueblo. Eso sí, no proferimos ni un solo grito, huimos conteniendo la respiración. Nos lanzamos dentro del coche en estampida y, casi sin cerrar las puertas, salimos quemando rueda y empapados en sudor.
Quién o qué encendió aquellas brasas, si se ocultaba en la misma casa cuando entramos nosotros, observándonos desde las sombras, o si se había ido ya… si era un pastor que se refugiaba en una noche de tormenta, un vagabundo extraviado o algo más inquietante... ya no lo sabremos nunca. Espero.
Se lo que hicistéis el pasado fin de semana....Un día llamaran a vuestra puerta, el teléfono sonará y os avisarán del comienzo de una cuenta atrás....
No me gustaría ser vosotros...
Maik, para cuando el libro?
puedo aparecer yo como personaje?
Ya se lo que quiero para mi cumple...un relato, mi relato!
Tienes medio año...
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"Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!"
Fragmento leyenda soriana "El monte de las ánimas"
Gustavo Adolfo Bécquer.
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